lunes, abril 24, 2006

Carta desde Ouagadougou


Peluquería en Ouagadougou, capital de Burkina Faso (Africa). Foto: Susana Aparicio



23:30, 13 abril, Ouagadougou

Dos caras conocidas nos sonríen dándonos la bienvenida al salir del aeropuerto. Que suerte chicos -nos dicen- hoy os ha tocado una noche fresquita. El termómetro marca 32 grados centígrados. Cargamos las maletas en la parte de atrás del taxi y nos pegamos a la ventanilla... ya no escucho nada más, sólo tengo ojos para el otro lado del cristal.

La ciudad, iluminada por las farolas de las calles principales y unas pocas bombillas de los puestecitos que las recorren, nos absorve. Son casi las doce de la noche y las calles nos parecen en ebullición, gente paseando, gente en bicicleta, gente en moto, en coche...

A la mañana siguiente un sol abrasador nos recuerda que estamos en África, atrás quedaron los días grises y lluviosos de Ámsterdam. Al salir a la puerta las calles bulliciosas de la noche anterior se han convertido en una marabunta de gente que va y viene, mujeres cargadas con niños a la espalda, con cántaros en la cabeza, hombres vendiendo tarjetas de teléfono en cada esquina, en cada semáforo, burros tirando de carritos, las siempre presentes bicicletas y las impresionantemente límpias y coloridas motos. Nubes de polvo nos cortan la respiración de camino al mercado.

Ouagadougou, nombre de ciudad de ficción, ciudad subrealista en la que a primera vista reina el caos total. Sin embargo un sistema, un orden invisible a mis ojos, la mantine unida, hace que todas esas personas sigan un rumbo determinado entrecruzándose en sus calles sin romper su dinámica. Calles asfaltadas delimitadas por edificios que no tendrán más de dos o tres plantas, sus arterias principales, se convierten en calles polvorientas al adentrarse en sus manzanas a las que abren sus puertas numerosas viviendas de una planta con patio delantero o terrenos cercados por vallas de un de metros de altura, escondiéndose tras ellas casas con piscina y jardines.

Estos muros forman una de las muchas y absurdas contradicciones con las que me he encontrado en Burkina Faso: casas rodeadas de murallas en uno de los países más seguros que he conocido hasta ahora, donde la criminalidad prácticamente no existe.
Otra contradicción y quizás la más notoria: Burkina Faso es el segundo país más pobre del mundo, sin embargo no se ve pobreza en las calles. Burkina Faso es un país todavía primitivo al que le falta mucho desarrollo y eso se ve en sus ciudades y, sobre todo, en sus zonas rurales... pero ¿pobreza?¿la pobreza de las villa miseria argentinas o fabelas brasileñas?¿La pobreza de la gente mendigando o vestida con harapos?... esa no me la he encontrado.

Ouaga, como la llaman sus habitantes, parece ser la ciudad que no duerme, siempre en movimiento, la versión primitiva de Londres, la ciudad de las 24h. Ciudad llena de gente vendiendo, siempre gente... ¿vendiendo qué?, cualquier cosa, lo que se te ocurra, sólo tienes que decir lo que buscas y te lo encuentran. Ciudad en la que ser blanco puede llegar a ser un problema si la quieres conocer a pie: un problema porque no hay aceras, todo es calle o edificio; un porblema porque te ven como un comprador en potencia y los vendedores ambulantes no te dejan ver la ciudad, te rodean, te muestran sus productos, caminan contigo; un problema porque si sacas fotos te haces sospechoso... es la primera ciudad que conozco en la que sus habitantes no quieren ser fotografíados ni quieren que fotografíes sus calles... está prohibido, te piden dinero por cada foto...¿que habrá pasado? ¿se habrá abusado de las fotos sacadas?; y por último... un problema por ese sol abrasador que te golpea la cabeza y los hombros destapados.

Ouagadougou, ciudad que ya sólo con su nombre te da la bienvenida, a pesar tener un dinámica impresionante no tiene ese colapso que se vé en el video que Rem Koolhas hizo sobre Lagos, tampoco ese reciclamiento ni su infraestructura. Y sin embargo cuenta con un festival de cine africano, un centro artesanal realmente interesante, un movimiento cultural nada despreciable que, según parece, aún tiene que florecer.

Hay tanto que contar de esta ciudad, de este país en que sólo hemos estado 10 días y que me ha llenado de tantas impresiones que parece haber sido un mes, tantas experiencias por contar que daran para más posts porque es imposible resumirlo en uno solo...

1 comentario:

Almalé dijo...

No paráis... que envidia

Un abrazo