Ahora, justo a unos días de partir a mi punto de origen, es cuando más estoy pensando en ella, en mi ciudad, en mi tierra, el resto del año está ahí también pero como diluída en una neblina que no se deja dislumbrar del todo. Sin embargo ahora, a unos días de partir, me vuelve a la mente con una fuerza extraordinaria y los recuerdos se acumulan en mi cabeza, empujándose unos a otros y abriéndose paso a trompicones.
Esto es algo que me pasa siempre que estoy a punto de salir de viaje, ya sea por unas semanas o unos días, imágenes de momentos vividos o por vivir me pasan como en cinemascope por la retícula cuando me quedo con la vista fija en un punto, perdida en mis recuerdos.
Esta mañana, de camino a la estación central, mientras miraba las gaviotas planear contra el cielo azul celeste, limpio y frío se me ha venido a la memoria un mismo cielo surcado de estorninos dando vueltas y chillando sobre "el parque". Ha sido entonces cuando ha aparecido de un codazo la imagen de los castaños del mismo parque, con sus hojas rojas esparcidas por el suelo y su olor a humedad en "las pajaritas", sitio de juegos y encuentros de mi niñez y juventud, para dar paso de un pisotón a la mañana del 24 de diciembre.
No sé como surgió la costumbre, ni cuando comencé el ritual, pero todos los años cuando estoy en Huesca voy la mañana de Noche Buena a Abiego con mi padre. Mi madre se encarga de comprar, poco antes de salir, mariscos y almejas a "su pescatero" para llevárselos a mis tios. Y con este paquetito de "frutas del mar", como los llaman en Francia, atravesamos orgullosos los 32 km que nos separan de este pueblo del Somontano, cruzamos paisajes tan familiares que incluso los puedo ver con los ojos cerrados: las calles de Angüés, con su panadería, el puente del río Alcanadre, el paisaje fluido y lleno de colinas con bosques de carrascas, los colores verdes musgo y profundo que se suceden de ocres y amarillos, las curvas del desvío que llevan a Abiego que tantas cosquillas me han ocasionado en la tripita... y al doblar la última de ellas nos encontramos con este pueblecito de poco más de trescientos habitantes encaramado a uno de los muchos pliegues del terreno.
... Como echo de menos esas ondulaciones ... pienso mientras observo el paisaje llano y cubierto de escarcha desde la ventana del tren y vuelvo a sentir de repente las mismas cosquillas en la tripita que cuando era pequeña y mi padre tomaba una de esas curvas a toda velocidad.

























Paradójicamente ya existía un pueblo similar junto a Amsterdam, 
Que sonidos describen tu ciudad? Amsterdam no sería Amsterdam sin el sonido del tranvía que la recorre, sus chirridos y el timbre cantarín que su conductor deja sonar cada poco tiempo, sin sus horganillos y sus dueños acompañando la música con el sonido de las monedas que se chocan en su lata. No sería lo mismo ir a tomar el tren por las mañanas sin la música húngara de los artistas callejeros que nos ayudan a comenzar el día, ni ir al mercadillo sin oir de vez en cuando el bozarrón del verdulero gritando "seis melocotones por un euro señoras y señores!" (van con el tiempo... ya se han dado cuenta de que ahora los hombre también hacen las compras).
Y después tenemos esos sonidos que te sitúan en "casa": las gaviotas con sus chillidos cuando se avecina el mal tiempo, las palomas que me despiertan con su grugru en verano (odio las palomas!), el reloj del Rijksmuseum que me indica que ya se me ha hecho tarde otra vez, cada la mañana la misma historia (el resto del día no lo oigo, pero por la mañana...), las barcas recreativas que pasan por el canal dejando oir el ronroneo de su motor en invierno y música en verano, el ruido apagado de los eventos que se realizan en Museumplein y la lluvia incesante golpeando los cristales... 